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viernes, 3 de febrero de 2012

Legatus: El deber de todo buen Romano

Aun no había amanecido del todo en aquella agreste parte del Imperio cuando el legado salió de su tienda. Dentro de la tienda quedaba dormida sobre el lecho del legado una joven muchacha cuyos cabellos negros azabache se esparcían por la almohada ocultándola el rostro. El legado la miro un último instante con ojos de deseo. Después se aleja. El legado llevaba puesta la armadura completa salvo el casco, ya que en el campamento aquella necesaria defensa en una lucha ahí era un estorbo. Antes de dar su habitual paseo rutinario por el campamento de la legión el legado mira hacía el plomizo cielo. Ve una pareja de buitres en la lejanía trazando círculos descendentes. Quito su mirada de aquella macabra pareja de aves. Aun recordaba la última escaramuza que había tenido hacía dos días. Aquella escaramuza había sido la tercera desde que hacía 3 meses le habían dado su primer mando absoluto sobre una legión  Aun sus hombres le miraban con recelo. Le veían como uno más de esos repelentes patricios mimados que sin esfuerzo pasaban por todos los puestos de gran importancia de las legiones por el mero hecho de cual había sido su cuna. Sí, era un patricio. Un privilegiado. Pero el no consideraba que pertenecer a esa clase social solo tuviese privilegios. Había responsabilidades. Y también el honor y la carga de unos nombres. Los nombres de los hombres de su familia que desde siglos y siglos habían protagonizado hazañas y ocupado grandes puestos. En sus manos estaba mantener y si los dioses se lo permitían acrecentar el honor de su familia. Así se lo había inculcado el que el consideraba el mejor de los romanos: su padre. Pero no se engañaba. Sabía que otros patricios solo veían los derechos de su condición y que no se paraban ante nadie en su camino por el poder. Pero había limites, claro que los había.
Intento quitarse esos pensamientos de la cabeza como el que se quita de un manotazo una mosca que le esta acosando en un día de verano. El resto del campamento iba despertando y acudiendo a donde estaban repartiendo los cocineros de la legión el desayuno. De pronto apareció en medio del campamento un enorme caballo negro de largas crines. El lagado dedujo que debía de ser un caballo de tiro, de esos que se solía destinar por su gran fuerza y robustez a tirar de las pesadas carretas de suministros del ejercito romano. Pero le desconcertó que montado en el animal iba un jinete romano. Por la indumentaria ligera que llevaba el soldado se debía tratar de un explorador. Pero, ¿qué hacía un explorador montando un animal destinado para transporte?
El sudoroso jinete llego a donde se encontraba el legado y sin que el lago pudiera preguntarle nada el explorador descabalgo de un salto y se llevo precipitadamente el puño en el pecho. El caballo se echo hacía atrás torpemente cayendo hacía atras con las patas plegadas.
-¿Qué sucede?- pregunto el legado vislumbrando ya en el horizonte nubarrones, unos nubarrones en forma de problemas.
-Se presenta Cayo Valerio, explorador de la Legión I, a cargo del Legado Severo Maximo, señor.- El hombre se detuvo unos segundos para tomar aire y antes de que el legado pudiera preguntarle soltó una avalancha de palabras.- El Legado Severo Máximo se encuentra en grave aprieto en el campamento designado a la I Legión, señor.
-¿Barbaros?
-No solo barbaros sino que parte de los auxiliares galos se han revelado en armas contra la legión y se han unido a los barbaros en su intento por tomar el campamento, señor.
El Legado miro largamente al explorador sin parpadear. Era grave, gravísimo. La I Legión solo estaba a un día de marchas forzadas de distancia de donde estaban ellos. Ellos eran los únicos refuerzos posibles para la desesperada Legión. El explorador bajo la mirada ante el escrutinio del legado, incomodo por los ojos interrogativos del legado.
No había otra alternativa, debía de auxiliar a la I Legión. Era su deber.
Y sin más preguntas el legado empezó a dar órdenes para que la Legión se pusiese en marcha.
Había que ayudar a la I Legión.
CONTINUARA................

viernes, 4 de noviembre de 2011

Legatus: Escaramuza.

Del otro lado del pequeño río se oían el enfurecido clamor de miles de gargantas barbaras y el estruendo de las armas que se entrechocaban contra los escudos de madera. Enfrente de los enfurecidos bárbaros y solo separados por el pequeño río se encontraban los silenciosos rostros de cientos de legionarios. Las silenciosas figuras romanas portaban escudos rectangulares que los mantenían pegados a sus cuerpos preparados para entrar en acción cuando fuera necesario atentos a las ordenes de los centuriones y de las trompas que transmitían las ordenes del legado de la legión. Este, el legado de la legión miraba fijamente al estruendoso enemigo que estaba al otro lado del río. Sonrió al ver el contraste entre aquellos bárbaros y los hombres que estaban a sus ordenes. Eran como la noche y el día. Mientras que los bárbaros recurrien a la intimidación mediante grandes demostraciones de griterío para intimidar al adversario los legionarios eran una masa de metal en completo silencio fruto de la disciplina que implantaba el mando romano a sus hombres. Todo estaba regulado. Todo estaba estipulado y regulado. Todo estaba bajo el férreo convencimiento de que seguir las ordenes era igual a victoria sí o sí. Depronto las desordenadas filas barbaras empezaron a correr en dirección al río, a los legionarios. La gran masa de guerreros corrian a gran velocidad sin orden ni concierto, dispuestos a arrasar con su impetu a los romanos. Aquella tactica era ya ancestral y nunca la cambiaban pasase lo que pasase, hacer otra cosa seria cobardia y desonor para aquellos hombres y su tribu. Atravesaron el pequeño río parándose unos instantes para recuperar el resuello, pero enseguida continuaron su carrera frenética hasta los legionarios de Roma. A 250 metros de distancia entre las filas romanas empezaron a oírse ordenes y unos instantes después una lluvia negra de muerte en forma de Pila cayeron sobre la horda enemiga. De las alas romanos salieron disparadas cientos de flechas, cientos de oportunidades para morir. Tanto la lluvia de pila como de flechas hicieron estragos entre la horda barbara. El legado de la legión lo vio claro. Dio la orden de avance. Cientos de pies con sandalias tachonadas con clavos empezaron a moverse ante la conmocionada masa de guerreros. Los guerreros vieron el avance de la legión y no se lo pensaron dos veces, se abalanzaron con sus cuerpos y sus armas dando alaridos sobre el avance de los legionarios de Roma. Pronto el horror se desato en aquella llanura. Las espadas romanas atravesaban piernas, gargantas, pechos desnudos derramando sangre e intestinos por partes iguales. Los legionarios se defendían con sus enormes escudos, mientras que con sus gladios en su otra mano pinchaban al enemigo. Escudo,pinchazo, escudo, pinchazo, muerte. De pronto el ímpetu barbaro paro, se esfumo ante lo que parecía un muro de muerte. Se dieron la vuelta, huyeron de aquel campo de muerte. Atrás dejaban cientos de muertos. Cientos de amigos y familiares sin vida. Pero la muerte ahora no estaba detrás de ellos. Un centenar de jinetes romanos empezaron a aparecer y a desaparecer segando vidas barbaras. El legado de la Legión lo vio todo aquello desde la seguridad de la retaguardia. Por unos segundos se pregunto por los nombres de aquellos desgraciados que se encontraban tumbados en la fría hierba con los ojos en blanco,sin vida. Pero solo fueron unos segundos. El mundo era así: quién se oponía a Roma seria exterminado. Después de unos minutos el legado pensó que ya era suficiente y ordeno que la caballería romana dejase a los supervivientes en paz. Los bárbaros demostraban una autentica temeridad y valentía por partes iguales, pero eran eso: bárbaros inferiores a las gentes de Roma. Aun así el legado de la legión no se engañaba, la próxima vez no seria tan fácil como aquella escaramuza de aquel día. Ordeno retirada y la legión volvió a sus cuarteles.

martes, 24 de mayo de 2011

El Eclipse

Los indígenas condujeron a las harapientas y sucias victimas hacía el gran altar de sacrificios que se encontraba al pie del Gran Templo de los Dioses de la Guerra. Entre los prisioneros figuraban varios extranjeros, Castellanos. Uno de ellos todavía no se podía creer que a pesar de todos sus intentos no había podido escapar de aquellos salvajes que se hacían llamar aztecas.
Para colmo al parecer el sería la primera víctima por lo que había entendido a sus carceleros unos minutos atrás que aquellos barbaros e incivilizados ejecutarían en honor a sus brutales divinidades. El siniestro cortejo se detuvo ante el altar. Delante del altar se encontraba concentrada toda la aldea al completo (incluidos niños). El Castellano, que se llamaba Pedro Sanchez de Quijada no pudo el pensar que aquellas gentes al verle parecían divertidas con él, como si fuera un mal bufón que había que castigar sin piedad por contar un chiste de mal gusto. Intento quitarse esa idea de la cabeza, ya que no podía ser aquello que estaba pensando. Ese pensamiento fue sustituido por el recuerdo de su captura hacía 3 días en las profundas selvas cuando estaba haciendo una misión de reconocimiento con su compañía para dar caza a rebeldes indígenas. Durante ese reconocimiento de la zona, habían sido acribillados a flechazos gran parte de la compañía que el dirigía, salvo unos pocos soldados y el mismo. Habían sido llevados él y los pocos supervivientes por la espesa selva (maldita selva de los mil diablos, pensaba el capitán Castellano) hasta llegar a la pequeña aldea.
Allí encarcelado y temiendo su muerte por aquellos animales que vestían taparrabos y otras absurdas vestimentas había intentado idear un plan. Gracias a sus conocimientos de los astros que había estudiado de los antiguos griegos en la Universidad de Alcalá de Henares, se dio cuenta que en los próximos días ocurriría un eclipse total de Sol. Con aquel precioso secreto decidió amenazar a los indígenas con que si le mataban su muerte provocaría un oscurecimiento del Sol y que traería grandes catástrofe si su sangre se derramaba, ya que él en su tierra era un gran chaman dotado de extraordinarios poderes. Los indígenas se quedaron desconcertados y Pedro Sanchez de Quijada pensó que también con algo de estupor. Creía el Castellano al ver aquel desconcierto que los indígenas se lo habían tragado aquel ardid y que le dejarían libre. Pero el Castellano no se dio cuenta de un detalle y es que si bien aquellas gentes que el consideraba poco menos que bestias había reaccionado con estupor ante aquellas amenazas el miedo no había aparecido nunca en sus gestos ni en sus miradas. Y así había llegado aquel hombre a aquel momento que presagiaba que sería el día último de su vida, el día de su muerte. Unos sudores fríos le recorrieron por la espalda y unas gotas de sudor empezaron a deslizarse por su cuello, haciendo que los pelos se le erizasen. Le condujeron ante el altar, pero el castellano empezó a forcejear frenéticamente, desesperado por intentar evitar lo inevitable. Los indígenas consiguieron reducirlo y pusieron su cabeza en el altar de sacrificios. La agitación del castellano provoco que su respiración se desbocase, como si fuera un pez sacado del agua que intenta coger bocanadas de aire frenéticamente. Después de unos minutos, no paso nada. Los indígenas no ejecutaban al castellano. Entonces una idea, ese tipo de ideas que un hombre tiene cuando esta a las puertas de la muerte tiene de última esperanza se encendió. Tal vez aquella gente llegado el momento de ejecutarle no se atrevían a hacer por que guardaba dudas sobre si realmente él era un poderoso chaman. Un sacerdote se acerco con algo, parecía una tabla de arcilla. Mientras el sacerdote venia con aquella misteriosa tabla de arcilla, el cielo empezó a oscurecerse. Nadie se extraño que sin que hubiese nubes en el cielo la oscuridad empezase a extender antes de que llegase el mediodía. Nadie se extraño salvo el castellano, que estaba confundido por aquel fenómeno, pero enseguida una luz se le ilumino en la cabeza. El Eclipse. Se le había olvidado por completo que aquel día era el día del eclipse que él había mencionado a los indígenas. El sacerdote empezó a recitar una especie de lista con fechas y años. Las fechas de los eclipses que se producirían en los próximos siglos. El estupor se adueño del castellano y comprendió que el burlado había sido él y no aquellas gentes Y es que los Aztecas ya sabían antes que los europeos de los fenómenos llamados eclipses y había averiguado las fechas, sin necesidad de las matemáticas ni de los conocimientos de los grandes pensadores de Grecia. Pero aquella reflexión, aquella verdad descubierta no le valió de nada al Castellano, que mientras intentaba aun asimilar todo aquello, fue ejecutado por las mismas gentes que él había despreciado e infravalorado.
Posdata: la historia es sacada de mi cabeza, si bien esta basado en un hecho real y el personaje protagonista es inventado por mí.