viernes, 4 de noviembre de 2011
Legatus: Escaramuza.
Del otro lado del pequeño río se oían el enfurecido clamor de miles de gargantas barbaras y el estruendo de las armas que se entrechocaban contra los escudos de madera. Enfrente de los enfurecidos bárbaros y solo separados por el pequeño río se encontraban los silenciosos rostros de cientos de legionarios. Las silenciosas figuras romanas portaban escudos rectangulares que los mantenían pegados a sus cuerpos preparados para entrar en acción cuando fuera necesario atentos a las ordenes de los centuriones y de las trompas que transmitían las ordenes del legado de la legión. Este, el legado de la legión miraba fijamente al estruendoso enemigo que estaba al otro lado del río. Sonrió al ver el contraste entre aquellos bárbaros y los hombres que estaban a sus ordenes. Eran como la noche y el día. Mientras que los bárbaros recurrien a la intimidación mediante grandes demostraciones de griterío para intimidar al adversario los legionarios eran una masa de metal en completo silencio fruto de la disciplina que implantaba el mando romano a sus hombres. Todo estaba regulado. Todo estaba estipulado y regulado. Todo estaba bajo el férreo convencimiento de que seguir las ordenes era igual a victoria sí o sí. Depronto las desordenadas filas barbaras empezaron a correr en dirección al río, a los legionarios. La gran masa de guerreros corrian a gran velocidad sin orden ni concierto, dispuestos a arrasar con su impetu a los romanos. Aquella tactica era ya ancestral y nunca la cambiaban pasase lo que pasase, hacer otra cosa seria cobardia y desonor para aquellos hombres y su tribu. Atravesaron el pequeño río parándose unos instantes para recuperar el resuello, pero enseguida continuaron su carrera frenética hasta los legionarios de Roma. A 250 metros de distancia entre las filas romanas empezaron a oírse ordenes y unos instantes después una lluvia negra de muerte en forma de Pila cayeron sobre la horda enemiga. De las alas romanos salieron disparadas cientos de flechas, cientos de oportunidades para morir. Tanto la lluvia de pila como de flechas hicieron estragos entre la horda barbara. El legado de la legión lo vio claro. Dio la orden de avance. Cientos de pies con sandalias tachonadas con clavos empezaron a moverse ante la conmocionada masa de guerreros. Los guerreros vieron el avance de la legión y no se lo pensaron dos veces, se abalanzaron con sus cuerpos y sus armas dando alaridos sobre el avance de los legionarios de Roma. Pronto el horror se desato en aquella llanura. Las espadas romanas atravesaban piernas, gargantas, pechos desnudos derramando sangre e intestinos por partes iguales. Los legionarios se defendían con sus enormes escudos, mientras que con sus gladios en su otra mano pinchaban al enemigo. Escudo,pinchazo, escudo, pinchazo, muerte. De pronto el ímpetu barbaro paro, se esfumo ante lo que parecía un muro de muerte. Se dieron la vuelta, huyeron de aquel campo de muerte. Atrás dejaban cientos de muertos. Cientos de amigos y familiares sin vida. Pero la muerte ahora no estaba detrás de ellos. Un centenar de jinetes romanos empezaron a aparecer y a desaparecer segando vidas barbaras. El legado de la Legión lo vio todo aquello desde la seguridad de la retaguardia. Por unos segundos se pregunto por los nombres de aquellos desgraciados que se encontraban tumbados en la fría hierba con los ojos en blanco,sin vida. Pero solo fueron unos segundos. El mundo era así: quién se oponía a Roma seria exterminado. Después de unos minutos el legado pensó que ya era suficiente y ordeno que la caballería romana dejase a los supervivientes en paz. Los bárbaros demostraban una autentica temeridad y valentía por partes iguales, pero eran eso: bárbaros inferiores a las gentes de Roma. Aun así el legado de la legión no se engañaba, la próxima vez no seria tan fácil como aquella escaramuza de aquel día. Ordeno retirada y la legión volvió a sus cuarteles.
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